Inicio / Testimonios / Antonio Oñate

Antonio Oñate

Lo primordial es poder dominar el temor

Difícil saberlo aunque lo más probable es que haya sido infectado con el virus C de la hepatitis durante una cirugía en el año de 1984 en la cual tuve una transfusión sanguínea. El Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, coloquialmente conocido como Nutrición, fue el sitio y para tal época el virus C aún no se identificaba, no había forma de saber que el silencioso huésped, ya viajaba en mi cuerpo.

No los culpo, me salvaron la vida. Una hemicolectomía consistió la cirugía, me extirparon la mitad de los intestinos en toda su porción derecha.

Los primeros 15 años fueron complicados, por decirlo con amabilidad: médicos, hospitales, cirugías ... ¡mucho dolor! ... fue la tónica de esa etapa de mi vida, pero a partir de tal operación mi vida cambió, ya era un muchacho saludable.

En noviembre del 2001, a los interesantes 33 años, recurrí una vez más a Nutrición, ahora por una emergencia, bueno, si así puede llamársele a los síntomas de un ataque cardiaco. Mi profesión como ingeniero químico, me mantenía bajo un estrés constante, viajando con frecuencia y, por lo tanto, mis hábitos alimenticos no eran de lo más saludables. Por supuesto que el alcohol y el tabaco eran parte de la actividad de negocios. Dormir poco y el nulo ejercicio era la norma de cada día. Sin dejar a un lado los problemas familiares que toda familia de las ahora llamadas disfuncionales (¿quién demonios tuvo la brillante idea de tal concepto?) presentan con relativa omnipresencia. Pero es lo que se espera del “pancho pantera” de la familia ¿no?; siempre resolviendo la vida de los demás.

No fue ataque cardiaco, estrés es su nombre, pero el estudio de sangre mostró que mis pruebas de función hepática estaban alteradas. Y aquí es en donde mi vida tuvo un punto de inflexión, gracias a que uno de los médicos de urgencias tuvo a bien solicitar estudios más completos para ver qué estaba pasando con mi hígado, debido a ello yo puedo en este momento estar dando mi testimonio.

No todos los médicos en circunstancias similares tienen a bien profundizar más en el por qué el hígado de la persona en cuestión está enfermo.

De no haber sido por ese médico, a quien estoy profundamente agradecido y sólo la divina providencia sabe quién es, probablemente la enfermedad hubiera avanzado a cirrosis y hoy estaría buscando el trasplante, eso en el mejor de los casos.

Después de una panoplia de estudios clínicos y de gabinete, en Mayo del 2002 me dieron el nefasto anuncio: hepatitis crónica por virus C ... genotipo 1.

Pero el gastroenterólogo que me dio la noticia no tuvo consideración. Cual verdugo listo a cumplir su cometido, de manera fría y sin misericordia me dijo que por los años que tenía con la infección, 18 en aquel entonces, lo más probable es que ya tuviera cirrosis. Que había tratamiento pero casi no funcionaba e incluso podría acelerar la actividad del virus. Que debido a mi tipo de sangre, poco común en México debido a mi herencia española por mi abuelo paterno, era improbable que consiguiera un trasplante ... ¿qué expectativa de vida tenía? (fueron mis palabras, propias de la última voluntad) aquí si fue generoso: si me cuidaba tal vez 15 años.

Cuando te dan una fecha de “caducidad” de la forma en como lo hizo ese médico, sencillamente acaban con tu esperanza.

Meses después me realizaron una biopsia y el resultado me lo dio un verdadero especialista en la enfermedad con notoria diferencia en el trato respecto a su predecesor: fibrosis 3. No cirrosis pero si severamente dañado mi hígado.

A partir de ese momento tuve que enfrentar al principal enemigo a vencer de todo ser humano, el miedo, ya que de eso dependería mi actuación ante la situación. Y con aladas palabras me dirigí al virus y su descendencia: “... tal vez puedas matarme pero debes saber que lucharé contra ti hasta el último segundo que tenga de vida ... ya estás advertido”.

Una serie de cambios personales me propuse a realizar. Puse límites a mí y a los que me rodeaban. Me perdoné y perdoné lo que tenía que perdonar. Cambié mi estilo de vida, básicamente seguí haciendo lo mismo pero de forma distinta. Todos estos cambios fueron guiados por la conciencia y no forzados por el temor.

Aunque lo más difícil fue volver a “tomarle sabor a la vida”. El efecto que tuvo el médico al matarme la esperanza fue aún más devastador que el mismo diagnóstico.

En noviembre del 2005 ingresé al formidable grupo de apoyo Amigos del Hígado o Grupo Amhigo como se le conoce, del que posteriormente llegaría a ser su presidente de enero 2011 a diciembre de 2012. Allí un médico de Nutrición, a quien ya conocía, me ofreció un protocolo de interferón pegilado y ribavirina. El momento de enfrentar al virus ahora con la medicina moderna había llegado. Lo acepté e inicié el tratamiento en enero del 2006.

Las primeras cuatro semanas recibí una paliza, el medicamento me tiro en cama. Dolor articular y muscular, fiebres intensas, pero para la quinta semana todos los síntomas disminuyeron a tal grado que lo único que después presenté fue pérdida de peso, caída de cabello, problemas con mi memoria de corto plazo (que se ha agudizado), un zumbido en los oídos (que hasta el día de hoy no desaparece), sensibilidad a la luz solar (que aún persiste) y cambios en mi presión arterial (que continua). Negativicé a la semana 12 y terminé así para febrero 2007.

Con excepción de esas cuatro semanas iniciales, podemos decir que tuve un día de campo y durante el periodo que llevé el tratamiento, hubo situaciones en mi vida familiar que cambiaron para siempre la forma en cómo continuaría con la mía: mi padre llegó a la etapa terminal de su cirrosis hepática, una tía muy cercana un cáncer terminal de mama y mi negocio pasando por una mala etapa. La familia terminó en la bancarrota pero más unidos que nunca.

Algo interesante ocurrió a mediados del 2010, una prueba de Fibroscan me indicó que mi hígado tenía un nivel de fibrosis de cero (hígado sano) y al solicitar la copia de mi expediente a Nutrición, pude ver el resultado de la segunda biopsia que me realizaron antes del tratamiento, el cual decía fibrosis cero también. Al parecer mi cambio de estilo de vida ayudó a sanar a mi hígado aún antes del tratamiento y a pesar de tener carga viral en aumento durante los tres años previos al mismo.

Durante los años de mi etapa formativa en el advocacy en Grupo Amhigo, pude percatarme del serio problema de salud pública que representa la hepatitis C y la necesidad de información precisa que tienen los pacientes. Pero también la falta de una atención médica adecuada y de calidad, del exceso de trabajo que deben enfrentar los médicos en los hospitales públicos y la carencia de insumos y medicamentos que padecen, sin dejar de mencionar la falta de preparación de numerosos pupilos de Galeno; y no olvidemos la ausencia de tacto y sensibilidad, empatía dirían los clásicos, que no pocos médicos profesan a los pacientes. ¿Acaso la soberbia es un requisito sine qua non para ser médico?

Razones que me motivaron a fundar junto a un par de amigos cercanos la Fundación Hepatos Aión, en parte para trabajar en aquellos puntos que consideraba necesario hacer énfasis pero también para continuar la labor de tantas personas, la mayoría pacientes, que antes que yo habían trabajado arduamente para que las personas con hepatitis C tuvieran una atención de calidad y acceso a los más novedosos medicamentos.

La mayoría de esas personas, cazadores de dragones, han fallecido, o bien, sus problemas de salud ya no les permiten continuar. Pero otras siguen firmes en la lucha.

No cabe duda que estamos presenciando un momento histórico respecto al tratamiento de la hepatitis C y aún hay mucho trabajo por hacer para que llegue a ser una realidad el que las personas que enfrentan éste flagelo sean diagnosticadas y tengan acceso en la seguridad pública a los medicamentos que los puedan curar del virus.

Pero hay un mensaje aún más importante que transmitir a la gente aquejada por éste mal y es que lo primordial es poder dominar el temor. El ser humano teme a lo que desconoce, y si el conocimiento es poder, el conocimiento de la enfermedad, de los cuidados a seguir, los derechos del paciente (y los médicos), del tratamiento ... son la clave para tener autoridad sobre el temor y que éste no controle el ánimo de las personas que las obliga a tomar decisiones de manera precipitada.

Yo, como ustedes, también soy un cazador de dragones; no estamos solos. Y recuerden: No sin pelear.

¿Quieres dar tu testimonio? Comparte tu experiencia

Ponte en contacto